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martes, 7 de agosto de 2012

Nutrición para escritores: Tatuaje de Roald Dahl



Holaa!

¡Hoy estamos de estreno! Empiezo una nueva sección que como veis se llama Nutrición para escritores, y es que como sabéis leer es una de las cosas más importantes para alguien que escribe. Soy consciente de que no os puedo transmitir libros enteros, pero lo que me propongo con este espacio es poneros pequeños relatos escritos por grandes escritores para que disfrutéis de una buena lectura, ¡y tengáis energía para los mejores juegos!

Hoy empiezo con un relato muy sugerente que encontré, escrito por el gran Roald Dahl. Estoy segura de que este extraño cuento no os dejará indiferentes, ¡espero que lo disfrutéis!


TATUAJE
Roald Dahl
cuento publicado en "Relatos de lo inesperado"
(Tales of the Unexpected, 1979)

En el año 1946 el invierno fue muy largo. Aunque estábamos en el mes de abril, un viento helado soplaba por las calles de la ciudad. En el cielo, las nubes cargadas de nieve se movían amenazadoras.

Un hombre llamado Drioli se mezclaba entre la gente del paseo de la rué de Rivoli. Tenía mucho frío, embutido como un erizo en un abrigo negro, saliéndole sólo los ojos por encima del cuello subido.

Se abrió la puerta de un restaurante y el característico olor de pollo asado le produjo una dolorosa punzada en el estómago. Continuó andando, mirando sin interés las cosas de los escaparates: perfumes, corbatas de seda, camisas, diamantes, porcelanas, muebles antiguos y libros ricamente encuadernados. Después vio una galería de pintura. Siempre le gustaron las galerías de pintura. Esta tenía un solo lienzo en el escaparate. Se detuvo a mirarlo y se volvió para seguir adelante, pero tornó a pararse y miró de nuevo. De repente
se apoderó de él un pequeño desasosiego, un movimiento en su recuerdo, un conjunto de algo que había visto antes en alguna parte. Miró otra vez; era un paisaje, un grupo de árboles tremendamente inclinados hacia una parte, como azotados por el viento, el cielo gris oscuro, de tormenta. En el marco había una pequeña placa que decía: Chaim Soutine (1894-1943).

Drioli miró el cuadro, pensando vagamente por qué le parecía familiar. "Pintura estrambótica", pensó. "Extraña y atrevida, pero me gusta... Chaim Soutine... Soutine..."

—¡Dios mío! —gritó de repente—. ¡Mi pequeño calmuco, eso es! ¡Mi pequeño
calmuco, uno de sus cuadros en la mejor tienda de París! ¡Imagínate!

El viejo acercó más su rostro a la ventana. Recordaba al muchacho, sí, lo recordaba muy bien, pero ¿cuándo? Eso ya no era tan fácil de recordar. Hacía mucho tiempo. ¿Cuánto? Veinte, no, más: casi treinta años, eso es, fue un año antes de la guerra, la primera guerra, en 1913, y Soutine, el pequeño y feo calmuco, un muchacho adulto que le gustaba mucho y al que casi amaba por ninguna razón que él supiera, excepto la de que pintaba.

Ahora recordaba mejor: la calle, los cubos de basura alineados, su mal olor, y los gatos recorriendo los cubos de uno en uno. Luego, aquellas mujeres gordas sentadas en los portales de la calle. ¿Qué calle? ¿Dónde vivía el chico?

La Cité Falaguiére. ¡Eso era! El hombre movió la cabeza varias veces, contento de recordar el nombre. Tenía un estudio con una sola silla, y el sucio jergón que el muchacho usaba para dormir, las fiestas que acababan en borracheras, el vino blanco barato, las terribles peleas, y siempre, siempre, el rostro amargo y adusto de aquel muchacho absorto en su trabajo.

Era extraño, pensaba Drioli, con qué facilidad recordaba estas cosas ahora y cómo los recuerdos se enlazaban tan estrechamente.

Por ejemplo, aquello del tatuaje, fue realmente una tontería, una locura. ¿Cómo empezó? ¡Ah, sí! Un día había hecho un buen negocio y había comprado mucho vino.

Se veía a sí mismo entrar en el estudio con un paquete de botellas bajo el brazo. El chico estaba sentado delante del caballete, y la esposa de Drioli, en el centro de la habitación, posaba para él.

—Hoy vamos a celebrar algo —dijo.

—¿Qué hay que celebrar? —preguntó el muchacho sin mirarle—. ¿Has decidido divorciarte de tu esposa para que se case conmigo?

—No —dijo Drioli—, vamos a celebrar que he ganado una gran cantidad de dinero trabajando.

—Y yo no he ganado nada, celebraremos también eso.

—Si tú quieres, de acuerdo.

Drioli estaba junto a la mesa abriendo el paquete. Estaba cansado y tenía ganas de beber vino. Nueve clientes, era estupendo, pero sus ojos no podían mantenerse abiertos.
Nunca había tenido tantos, nueve soldados ebrios, y lo mejor era que siete habían pagado al contado. Esto le convertía en una persona rica, pero el trabajo era terrible para los ojos.
La fatiga le obligaba a tenerlos casi cerrados. Los tenía terriblemente enrojecidos. Sentía mucho dolor bajo el globo de los ojos. Pero ahora ya estaba libre y era rico como un cerdo y en el paquete había tres botellas, una para su esposa, otra para su amigo y otra para él.
Cogió un sacacorchos y fue descorchando las botellas. El muchacho bajó su pincel.

—¡Dios mío! —dijo—. ¿Cómo voy a trabajar así? La chica cruzó la habitación para ver el cuadro. Drioli también fue hacia allí, llevando una botella en una mano y un vaso en la otra.

—¡No! —gritó el chico, poniéndose colorado—. ¡Por favor, no!

Cogió el lienzo del caballete y lo puso contra la pared, pero Drioli ya lo había visto.

—Me gusta.

—Es horrible.

—Es maravilloso, como todos los que tú pintas, es fantástico. Me gustan todos.

—Lo único que pasa es que no son nutritivos. No me los puedo comer.

—De cualquier forma, son maravillosos. Drioli le tendió un vaso de vino blanco.

—Bebe —dijo—, te sentirás mejor.

Nunca había encontrado una persona más desgraciada, con la cara tan triste. Se había fijado en él en un café, unos siete meses antes, bebiendo solo, y como parecía ruso o por lo menos algo asiático, se había sentado en su mesa y entablado conversación.

—¿Es usted ruso?

—Sí.

—¿De dónde?

—De Minsk.

Drioli dio un brinco y le abrazó, diciéndole que él también había nacido en aquella ciudad.

—No fue en Minsk exactamente —había declarado el muchacho—, pero muy cerca.

—¿Dónde?

—Smilovichi, a diecinueve kilómetros.

—¡Smilovichi! —había exclamado Drioli, abrazándole otra vez—, allí fui varias veces
cuando era niño.

Luego se sentó otra vez, mirando con cariño el rostro de su compañero.

—¿Sabe una cosa? —le había dicho—, no parece un ruso del oeste, parece un tártaro o un calmuco.

Ahora Drioli miraba otra vez al muchacho mientras bebía su vaso de vino. Sí, tenía la cara de un calmuco: muy ancha, de pómulos salientes y con la nariz aplastada y gruesa. La anchura de las mejillas se acentuaba en las orejas, que sobresalían de la cabeza. Tenía ojos pequeños, el pelo negro y la boca gruesa y adusta de un calmuco; pero lo más sorprendente eran las manos, tan pequeñas y blancas como las de una mujer, de dedos pequeños y delgados.

—Sírvanse más —dijo el chico—, si lo celebramos vamos a hacerlo bien.


Drioli sirvió el vino y se sentó en una silla. El muchacho se sentó en su viejo lecho con la esposa de Drioli. Colocaron las tres botellas en el suelo.


—Esta noche beberemos hasta que no podamos más —dijo Drioli—. Soy
inmensamente rico. Creo que voy a salir a comprar más botellas. ¿Cuántas compro?


—Seis más —contestó el chico—: dos para cada uno.


—Bien. Voy a buscarlas.


—Yo te acompañaré.


En el café más próximo compró Drioli seis botellas de vino blanco y las llevaron al estudio. Las colocaron en el suelo en dos filas. Drioli sacó el sacacorchos y descorchó las seis botellas; luego se sentaron y continuaron bebiendo.


—Sólo los muy ricos pueden celebrar las cosas de este modo —dijo Drioli.


—Tienes razón —dijo el chico—. ¿Verdad que sí, Josie?


—Claro.


—¿Cómo te sientes, Josie?


—Muy bien.


—¿Dejarás a Drioli y te casarás conmigo?


—No.


—Un vino excelente —dijo Drioli—, es un privilegio beberlo.


Lenta y metódicamente empezaron a emborracharse. El proceso era rutinario, pero de todas formas había que observar una cierta ceremonia y mantener la gravedad. Había muchas cosas por decir y luego repetir de nuevo, el vino debía ser alabado y la lentitud era muy importante también, para que hubiera tiempo de saborear los tres deliciosos períodos de transición, especialmente (para Drioli) el momento en que empezaba a flotar en el ambiente, como si los pies no le pertenecieran. Este era el mejor momento de todos, cuando miraba sus pies y estaban tan lejos que dudaba sobre a quién podrían pertenecer y por qué estaban de aquella forma en el suelo.


Después de algún tiempo se levantó a encender la luz. Se sorprendió mucho al ver que los pies le seguían adonde iba, especialmente porque no los sentía tocar el suelo. 
Tenía la agradable sensación de que caminaba por el aire. Luego empezó a dar vueltas por la habitación, mirando de soslayo los lienzos que había en las paredes.


—Oye —dijo por fin—, tengo una idea. Fue hacia el jergón y se detuvo.


—Óyeme, pequeño calmuco.


—¿Qué?


—Tengo una idea estupenda. ¿Me escuchas?


—Estoy escuchando a Josie.


—Óyeme, por favor, tú eres mi amigo, mi pequeño y feo calmuco de Minsk y para mí eres tan buen artista que me gustaría tener un cuadro, un cuadro precioso...


—Coge todos los que te gusten, pero no me interrumpas cuando estoy hablando con tu esposa.


—No, no. Oye: yo quiero decir un cuadro que lo tenga siempre conmigo...: un cuadro tuyo.


Dio un paso adelante y golpeó al muchacho en la rodilla.


—Óyeme, por favor.


—Escucha lo que te dice —dijo la chica.


—Se trata de lo siguiente: quiero que pintes un cuadro sobre mi piel, en mi espalda, que tatúes lo que has pintado, para que permanezca siempre.


—Eso es una idea disparatada.


—Te enseñaré a tatuar, es fácil. Un niño puede hacerlo.


—Yo no soy ningún niño.


—Por favor...


—Estás completamente loco. ¿Qué es lo que quieres? El pintor miró sus ojos,
brillantes por el vino.


—En nombre del Cielo. ¿Qué es lo que quieres?


—Tú lo puedes hacer muy fácilmente. ¡Puedes! ¡Puedes!


—¿Quieres decir con tatuaje?


—¡Sí, con tatuaje! Te enseño en dos minutos.


—¡Imposible!


—¿Insinúas que no sé de lo que estoy hablando?


No, el chico no podía decir eso porque si alguien sabía de tatuajes, ese alguien era,desde luego, Drioli. ¿No había cubierto por completo el mes pasado el estómago de un hombre con un magnífico dibujo compuesto de flores? ¿Y aquel cliente de tanto pelo en el pecho al que le había tatuado un oso de forma que el pelo pareciese la piel de la bestia? ¿No había tatuado una chica en el brazo de un hombre de tal forma que cuando flexionaba
el músculo la chica se movía con sorprendentes contorsiones?


—Lo único que digo —contestó el chico— es que has bebido y ésta es una idea de borracho.


—Josie podría ser nuestra modelo.. Un cuadro de Josie en mi espalda. ¿No se me permite tener un cuadro de Josie en la espalda?


—¿De Josie?


—Sí.


Drioli sabía que la sola mención de su esposa haría que los gruesos labios del chico se entreabriesen y empezasen a temblar.


—No —dijo la chica.


—¡Josie, querida, por favor! Coge una botella y termínala, luego te sentirás más
generosa. 'Nunca en mi vida he tenido una idea mejor.


—¿Qué idea?


—Que me haga un retrato tuyo en la espalda. ¿No me está permitido?


—¿Un retrato mío?


—Desnuda —dijo el chico—, es una excelente idea.


—Desnuda no —protestó ella.


—Es una idea fantástica —dijo Drioli.


—Una locura —arguyó la chica.


—De cualquier forma, es una idea —dijo el chico—, es una idea digna de celebración.


Se bebieron otra botella. Luego el chico dijo:


—No, no quiero utilizar el tatuaje. Sin embargo, pintaré el retrato en tu espalda y lo tendrás hasta que tomes un baño y te laves. Si no tomas el baño en tu vida, lo tendrás siempre, mientras vivas.


—No —dijo Drioli.


—Sí, y el día que decidas bañarte, sabré que ya no valoras mi pintura. Será una prueba de tu admiración por mi arte.


—No me gusta la idea —dijo la chica—, su admiración por tu arte es tan grande que estaría sucio muchos años. Hazlo con tatuaje, pero no desnuda.


—Pues entonces un retrato —dijo Drioli. —No lo podré hacer.


—Es facilísimo. Te voy a enseñar en dos minutos, ya verás. Voy a buscar los
instrumentos, las agujas y las tintas. Tengo tintas de muchos colores, tantos como tú puedas tener en pintura y mucho más vivos...


—Es imposible.


—Tengo muchas tintas, ¿verdad que sí, Josie?


—Sí.


—Ya verán, voy a buscarlas.


Se levantó de su silla y salió de la habitación.


Al cabo de media hora volvió.


—Lo he traído todo —gritó, enseñándole una maletín marrón —, todo lo que necesitas
para tatuar está en esta maleta.


La puso sobre la mesa, la abrió y sacó las agujas eléctricas y las botellitas de tinta de color. Llenó la aguja eléctrica, la tomó en su mano y presionó un botón. Hizo un sonido y la aguja empezó a vibrar rápidamente, moviéndose alternativamente de arriba abajo. Se quitó la chaqueta y se subió la manga izquierda.


—Mira, obsérvame y verás lo fácil que es. Haré un dibujo en mi brazo, aquí.


Su antebrazo ya estaba cubierto de marcas azules, pero eligió un claro en la piel para hacer su demostración.


—Primero elijo la tinta; usaré una de azul corriente; e introduzco la punta de la aguja en la tinta..., así..., luego la introduzco suavemente en la superficie de la piel..., de este modo, y con la ayuda del pequeño motor y de la electricidad la aguja salta arriba y abajo pinchando la piel de tal manera que la tinta entra y éste es todo el truco. Fíjate qué fácil es..., mira cómo dibujo un galgo en mi brazo.


El chico parecía intrigado.


—Déjame practicar... en tu brazo.


Empezó a dibujar con una aguja líneas azules en el brazo de Drioli.


— Es muy simple — dijo—, es como dibujar con pluma y tinta. La única diferencia es que es más lento.


—No es nada difícil. ¿Estás preparado? ¿Empezamos?


—En seguida.


—¡La modelo! —gritó Drioli—. ¡Josie, ven! Ahora estaba entusiasmado, recorriendo la habitación y arreglándolo todo, preparándose como un niño para un nuevo juego.


—¿Dónde quieres que pose?


—Que se ponga allí, delante de mi tocador. Que se cepille el pelo. La pintaré con el pelo suelto sobre los hombros, cepillándoselo.


—¡Fantástico! Eres un genio.


De mala gana, la chica fue hacia el tocador, llevándose con ella el vaso de vino.


Drioli se quitó la camisa y los pantalones. Se quedó en calzoncillos y zapatos,
balanceándose ligeramente. Su pequeño cuerpo era blanco, casi lampiño.


—Bueno —dijo—. Yo soy el lienzo. ¿Dónde me pones?


—Como siempre, en el caballete. No creo que sea tan difícil.


—No seas tonto. Yo soy el lienzo.


—Entonces ponte en el caballete, ése es tu sitio.


—¿Cómo?


—¿Eres o no eres el lienzo?


—Sí. Ya empiezo a sentirme como un lienzo.


—Entonces ponte en el caballete. No creo que sea tan complicado.


—Pero eso no es posible.


—Entonces siéntate en la silla. Hazlo al revés, para que puedas apoyar tu mareada cabeza en el respaldo. Date prisa porque voy a empozar.


—Estoy preparado, cuando quieras.


—Primero —dijo el muchacho—, haré un dibujo normal y si me gusta lo tatuaré.


Con un pincel gordo empezó a pintar en la desnuda piel del hombre.


—¡Ay, ay! —gritó Drioli—. Un horrible ciempiés camina por mi espina dorsal.


—¡Estate quieto ahora! ¡Quieto!


El muchacho trabajaba con rapidez trazando unas finas líneas azules para no dificultar el tatuaje. De tal forma se concentró al pintar que parecía como si su borrachera hubiera desaparecido por completo. Daba ligeros toques a su dibujo con mano certera y en menos de media hora había terminado.


—Bueno —dijo a la chica—. Ya está.


Ella volvió inmediatamente al jergón, se recostó y quedó completamente dormida.


Drioli no se durmió. Observó cómo cogía el muchacho la aguja y la introducía en la tinta, luego sintió un pinchazo en ¡a piel de la espalda. El dolor, que era desagradable, pero no extremo, le impidió dormir. Siguiendo el recorrido de la aguja y viendo los diferentes colores de tinta que el muchacho iba usando, Drioli se divertía tratando de adivinar lo que pasaba detrás de él. El chico trabajaba con asombrosa intensidad. Estaba completamente
absorto en la pequeña máquina y en los efectos que producía.


La máquina zumbaba en la madrugada y el muchacho trabajaba afanosamente. Drioli recordaba que cuando al fin el artista dijo: ¡Ya está!, la luz se filtraba por la ventana y se oía gente por la calle.


—Quiero verlo —dijo Drioli.


El muchacho le tendió un espejo y Drioli ladeó un poco el cuello para mirar.


—¡Santo cielo! —exclamó.


Era algo asombroso. Toda su espalda, desde los hombros hasta el final de la espina dorsal, era una mezcla de colores —dorado, verde, azul, negro y escarlata—. El tatuaje estaba tan concienzudamente hecho que parecía un cuadro. El chico había seguido lo más estrechamente su dibujo haciéndolo a conciencia y era maravilloso el modo en que había usado la espina dorsal y la parte saliente de los hombros para que formaran parte de la composición. Es más, se ¡as había arreglado para añadir al dibujo una extraña espontaneidad. El tatuaje tenía vida; mantenía aquel sentimiento de tortura tan característico de todas las obras de Soutine. No era un retrato, era más bien un aspecto de la vida. El rostro de la modelo se veía vago y perdido, y como fondo unas curiosas pinceladas de verde que le daban un aspecto exótico.


—¡Es fantástico!


—A mí también me gusta.


El muchacho retrocedió unos pasos examinándolo atentamente.


—¿Sabes una cosa? Me parece que es tan bueno que lo voy a firmar.


Y tomando de nuevo una aguja inscribió su nombre con tinta roja en la parte derecha, encima del riñón de Drioli.


El viejo Drioli miraba el cuadro en el escaparate de la exposición. Aquello había sucedido hacía tanto tiempo que le parecía que pertenecía a otra vida.


¿Y el chico? ¿Qué había sido de él? Ahora recordaba que cuando volvió de la guerra —la Primera Guerra Mundial—, lo echó mucho de menos y había preguntado a Josie por él.


—Se ha ido —contestó ella—. No sé dónde, pero oí decir que un marchante lo había mandado a Céret para que pintara más cuadros.


—Quizá vuelva.


—Puede ser. ¡Quién sabe!


Esa fue la última vez que lo mencionaron. Poco tiempo después se fueron a Le Havre, donde había marineros y por lo tanto el negocio iba mejor. El viejo sonrió al recordar Le Havre. Aquellos fueron unos años muy agradables, entre las dos Guerras; su tienda estaba cerca de los muelles y siempre tenía mucho trabajo. Todos los días tres, cuatro y cinco marineros venían a que les tatuara los brazos. Aquéllos fueron unos años agradables, en verdad.


Luego vino la Segunda Guerra, a Josie la mataron y con la llegada de los alemanes terminó su trabajo. Ya nadie quería tatuajes en los brazos y entonces ya era demasiado viejo para emprender otra clase de trabajo. En su desesperación había vuelto a París con la vana esperanza de que las cosas le irían mejor en una ciudad grande, pero no fue así.


Ahora que la guerra había terminado, no tenía ni los medios ni la energía para empezar de nuevo con su pequeño negocio. No era fácil para un viejo saber lo que tenía que hacer, especialmente si no le gustaba mendigar. Sin embargo, ¿cómo podría subsistir de otro modo?


Bien, pensó, mirando el cuadro otra vez, aquí está mi pequeño calmuco. ¡Qué
fácilmente un pequeño objeto puede recordar tantas cosas dormidas en el interior! Hasta hacía breves instantes había olvidado que tenía un tatuaje en su espalda. Hacía mucho tiempo que se acordaba de él. Acercó más la cara al escaparate y miró Ja exposición. Había muchos cuadros en las paredes y todos ellos parecían ser obra del mismo artista. Había mucha gente paseando por allí. Se veía claramente que era una exposición extraordinaria.


En un repentino impulso Drioli se decidió, empujó la puerta de la galería y entró.


Era un local alargado, con el sucio cubierto por una alfombra de color rojo oscuro y, ¡Dios mío!, ¡qué bien y qué caliente se estaba allí! Había bastante gente mirando los


cuadros, gente digna y respetable, casi todos ellos llevando en su mano el catálogo. Drioli se quedó al lado de la puerta, mirando con nerviosismo a su alrededor, dudando en seguir adelante y mezclarse con aquella gente. Pero antes de que se decidiera, oyó una voz a su lado que decía:


—¿Qué desea usted?


El que le hablaba llevaba un abrigo negro azabache. Era grueso y pequeño y tenía la cara muy blanca. Sus mejillas tenían tanta carne que le caía por ambos lados cié la boca como un perro de aguas. Se acercó más a Drioli y le elijo:


—¿Qué desea usted? Drioli no se movió.


—Por favor —-insistió el hombre—, saiga de esta exposición.


—¿No puedo mirar ¡os cuadros?


—Le he pedido que se marche.


Drioli no se movió. De repente se sintió terriblemente ultrajado.


—No quiero escándalos —dijo el hombre—, venga por aquí.


Puso su gruesa mano en el hombro de Drioli y empezó a empujarle hacia la puerta. Aquello le decidió.


—¡Quíteme las manos de encima! —gritó.


Su voz se oyó claramente en la sala y todos los rostros se volvieron para ver a la persona que había armado tal escándalo. Uno de los empleados se recobró prestamente para ayudar en caso necesario y entre los dos hombres llevaron a Drioli hasta la puerta. La gente no se movía observando los acontecimientos. Sus caras parecían decir: «No hay ningún peligro, ya se han hecho cargo de él.»


—¡Yo también! —gritaba Drioli—. ¡Yo también tengo un cuadro suyo! ¡Era mi amigo y yo tengo un cuadro de él que me regaló!


—¡Está loco!


—Un lunático, un lunático rabioso.


—Alguien debería llamar a la policía.


Con un rápido movimiento del cuerpo, Drioli se desasió de los dos hombres y corrió hacia el centro del local, gritando:


—¡Se lo enseñaré! ¡Se lo enseñaré!


Se quitó el abrigo, la chaqueta y la camisa y se volvió con la espalda desnuda hacia la gente.


—¡Aquí! —gritó desesperadamente—. ¿Lo ven? ¡Aquí está!


De repente se callaron, presas de un vergonzoso asombro. Miraban el retrato tatuado. Allí estaba con sus brillantes colores; aunque la espalda del viejo era más estrecha ahora, los salientes de los hombros más pronunciados y el efecto, aunque no era espectacular, le daba a la pintura una curiosa textura arrugada y blanda.


Alguien dijo:


—¡Dios mío, es verdad!


Entonces vino la excitación y el sonido de voces, mientras la gente cercaba al pobre viejo.


—¡Es inconfundible!


—Su primer estilo, ¿verdad?


—¡Es fantástico!


—¡Mire, está firmado!


—Eche los hombros hacia adelante, por favor, para que la pintura se ponga tirante.


—Es viejo. ¿Cuándo lo pintó?


—En 1913 —dijo Drioli, sin volverse—, en otoño de 1913.


—¿Quién enseñó a Soutine a tatuar?


—Yo mismo.


—¿Y la mujer?


—Era mi esposa.


El propietario de la sala se abrió paso entre la gente hacia Drioli. Ahora estaba tranquilo, muy serio, con una sonrisa en los labios.


—Señor —dijo—, yo se lo compro.


Drioli observaba cómo se movían las carnes de sus mejillas al mover la mandíbula.


—Digo que se lo compro, señor.


—¿Cómo lo va a comprar? —preguntó Drioli, suavemente.


—Le doy doscientos mil francos por él. Los ojos del comerciante eran pequeños y oscuros y su mirada astuta.


—¡No lo consienta! —murmuró alguien de los espectadores—. ¡Vale veinte veces más que eso!


Drioli abrió la boca para hablar, pero no le salió ni un sonido, así que la cerró de nuevo. Luego habló lentamente:


—¿Pero cómo voy a venderlo?


Su voz tenía toda la tristeza del mundo.


—¡Sí! —decían algunas voces—. ¿Cómo lo va a vender?, es parte de su cuerpo.


—Oiga —dijo el comerciante acercándosele más—. Le ayudaré, le haré rico. Juntos podremos llegar a un acuerdo sobre este cuadro. ¿Verdad?


Drioli le observó con aprensión en sus ojos.


—Pero ¿cómo lo va a comprar, señor? ¿Qué hará cuando lo haya comprado? ¿Dónde lo guardará hoy?, ¿y mañana?


—Ah, ¿dónde lo guardaré? Sí, ¿dónde lo guardaré?, ¿dónde? Veamos...


El comerciante se llevó ambas manos a la frente.


—Parece ser que si me quedo con el cuadro, me quedo también con usted. Esto es una desventaja. En realidad el cuadro no tiene valor hasta que usted no muera. ¿Cuántos años tiene, amigo mío?


—Sesenta y uno.


—Pero no está muy fuerte, ¿verdad?


El comerciante bajó la mano de la frente y miró a Drioli de arriba abajo, como un granjero a un caballo viejo.


—Esto no me gusta nada —dijo Drioli, haciendo ademán de marcharse—;
francamente, señor, no me gusta esto.


Echó a andar, pero sólo para caer en brazos de un caballero de elevada estatura que le tomó suavemente de los hombros. Drioli miró en derredor disculpándose. El desconocido le sonrió al tiempo que le daba unos golpecitos en el hombro desnudo con la mano embutida en un guante amarillo canario.


—Escuche, buen hombre —dijo el desconocido, todavía sonriente—. ¿Le gusta nadar y tomar baños de sol? Drioli le miró un poco asustado.


—¿Le gusta la comida escogida y el vino tinto de los grandes castillos de Burdeos?


El hombre todavía sonreía, enseñando una hilera de blancos y pulidos dientes. Hablaba suavemente, puesta todavía su mano enguantada en el hombro de Drioli.


—¿Le gustan esas cosas?


—Pues..., sí —contestó Drioli, bastante perplejo.


—¿Y la compañía de mujeres bonitas?


—¿Por qué no?


—¿Y un armario lleno de trajes y camisas hechas a medida? Parece que no anda usted demasiado bien de trajes.


Drioli miraba al hombre, esperando el resto de su proposición.


—¿Le han hecho alguna vez zapatos a medida?


—No.


—¿Le gustaría? —Pues...


—¿Y que alguien le afeitase por las mañanas y le arreglase el pelo?


Drioli empezó a bostezar.


—¿Y una atractiva manicura? Alguien trataba de contener la risa.


—-¿Y la campanilla junto a la cama para llamar a la doncella y que le traiga el desayuno? ¿Le gustaría todo eso, amigo mío? ¿No le apetece?


Drioli le miró atentamente.


—Soy el propietario del Hotel Bristol, de Cannes. Le invito a que venga y sea mi invitado el resto de sus días con todo el lujo y confort.


Hizo una pausa para que Drioli tuviera tiempo de saborear ese programa.


—Su único trabajo, que se puede llamar placer, consistirá en que pase su tiempo en la playa entre mis invitados, tomando el sol, nadando, bebiendo cócteles. ¿Qué le parece? ¿Le gusta la idea, señor? ¿No lo comprende? Así todos mis invitados podrán admirar este fascinante retrato de Soutine. Se convertirá usted en un hombre famoso y la gente dirá: «Mira, ése es el que lleva un cuadro de diez millones de francos en la espalda.» ¿Le gusta esta idea, señor? ¿Le gusta?


Drioli miró al hombre, dudando todavía, por si acaso era una broma.


—Es cómico, pero, realmente, ¿habla en serio?


—Claro que sí.


—Oiga —interrumpió el marchante—, aquí está la respuesta a nuestro problema. Yo compro su cuadro tatuado y hago que un buen cirujano le quite la piel de la espalda y entonces usted podrá disfrutar de la gran suma de dinero que yo le daré.


—¿Sin la piel en la espalda?


—¡Oh, no! No me ha comprendido. Este cirujano le pondrá otra piel en lugar de la del cuadro, eso es fácil.


—¿Se puede hacer?


—Sí. No pasa nada.


—¡Imposible! —dijo el caballero de los guantes amarillo canario—, es demasiado viejo para esa operación, le mataría.


—¿Me mataría?


—Naturalmente, usted no sobreviviría y sólo la pintura se salvaría.


—¡En el nombre de Dios! —gritó Drioli, mirando espantado a la gente que le
observaba.


En el silencio que siguió, otra voz de hombre se dejó oír entre el grupo:


—Quizá si alguien le ofreciera a este hombre mucho dinero consentiría en que le mataran. ¿Quién sabe?


Algunos soltaron una risita. El marchante golpeó la alfombra con los pies, incómodo.


La mano con el guante amarillo canario empezó a golpear de nuevo a Drioli en el hombro.


—Bueno —le dijo el caballero con una amplia sonrisa—. Usted y yo iremos a comer juntos y hablaremos mientras comemos. ¿Qué tal? ¿Tiene usted apetito?


Drioli le observó temblando. No le gustaban los modos de aquel hombre que se inclinaba hacia él al hablarle, como una serpiente.


—Pato asado y Chambertin —fue enumerando el hombre—.


Y quizá un soufflé de castañas, ligero y espumoso.


Puso un acento extraño en sus palabras, como aplastándolas con la lengua.


—¿Cómo le gusta el pato? —continuó el caballero—. ¿Le gusta muy asado y crujiente por fuera, o bien...?


—Iré —dijo repentinamente Drioli.


Ya había recogido su camisa y se la estaba poniendo por la cabeza.


—Espéreme, señor, voy con usted.


En un momento había desaparecido de la exposición con su nuevo patrón.


Al cabo de pocas semanas, un cuadro de Soutine, un busto de mujer, pintado de una extraña forma, bien enmarcado y barnizado, se puso a la venta en Buenos Aires. Esto, unido al hecho de que en Carmes no existe ningún hotel llamado Bristol, hace pensar un poco y nos hace desear ardientemente que en cualquier lugar en que se encuentre ese pobre viejo,tenga en estos momentos una bonita manicura que le arregle las uñas y una doncella que le traiga el desayuno a la cama, todas las mañanas.

Sobre el autor:


Roald Dahl (Llandaff, Gales el 13 de septiembre de 1916 – 23 de noviembre de 1990) fue un novelista y autor de cuentos británico de ascendencia noruega, famoso como escritor para niños y adultos. Entre sus libros más populares están Charlie y la fábrica de chocolateJames y el melocotón giganteMatildaLas brujas y Relatos de lo inesperado.



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Escribir no es más 
que jugar con las palabras.

jueves, 19 de mayo de 2011

Juegos Florales escolares, Eduard Márquez y fragmentos de Roald Dahl


Holaa!

La idea que tengo para hoy es hablaros del concurso literario de los Juegos Florales escolares de Barcelona, de los cuales asistí ayer a la entrega de premios de la edición de mi barrio (l'Eixample).


  Más que nada quería alabar este proyecto que durante tantos años ha estado vigente y que creo que es una motivación para los niños, para que aprendan este arte de la escritura, este juego tan complicado como maravilloso. En el acto hubo una lectura muy entretenida de los relatos o poesías ganadores y yo realmente creo que hubo textos muy buenos de niños desde los 6 añitos hasta los 17. Me da pena que haya una tan baja participación en algunos sectores, y sobretodo que muchos de los niños que se presentan de pequeños luego acaben por no presentarse más cuando son mayores porque no ganan, es realmente triste que se rindan de esta manera.
Yo he participado todos los años, y aunque siempre he ganado algún accesito o algún segundo premio en mi colegio o posteriormente instituto, pocas veces he llegado a presentarme a nivel de distrito y nunca he llegado a pasar a la final que otorga los premios a los mejores textos de la ciudad. Aun así, estoy orgullosa de mí misma por no haberlo dejado nunca, por haberme esforzado en hacerlo y por haber presentado relatos en los que siempre he puesto todo mi empeño y todas mis ganas :)
Yo estoy totalmente en contra de que nadie te obligue a hacer nada, y por tanto me parece mal que se obligue a los estudiantes a participar, puesto que la lectura y la escritura son dos hobbies como cualquier otro y creo que cada persona, tenga la edad que tenga, tiene pleno derecho a decidir cuales son las actividades que le gustan y cuales no. No obstante, creo que es una experiencia muy bonita y recomiendo a todos los niños/estudiantes que tengan algún certamen literario cercano y que les guste escribir que participen y que no se dejen llevar por la vergüenza o por el "yo no ganaré”, porque no nos debemos dar por vencidos, pues el "no-ganar" ya lo tenemos y quien sabe si podemos descubrir una afición o un talento que hasta ese momento habían estado ocultos.
Eduard Márquez
Y para muestra un botón:
En la entrega de premios estuvo como invitado de honor el escritor Eduard Márquez, conocido y premiado por su poesía y por su literatura infantil y adulta. Las primeras palabras que dedicó a los asistentes fueron referidas a lo feliz que estaba de haber podido asistir finalmente a una entrega de premios de los juegos florales de Barcelona, pues aunque en su niñez siempre se presentó, nunca ganó nada.







Eduard Márquez hixo tambien una lectura de los consejos que daba el gran escritor Roald Dahl para llegar a ser un buen escritor, los cuales transcribo a continuación:


"He aquí algunas de las cualidades que debería poseer o tratar de adquirir si desea convertirse en escritor de ficción:
1.   Debe tener una imaginación viva.
2.   Debe ser capaz de escribir bien. Con eso quiero decir que debe ser capaz de hacer que una escena cobre vida en la mente del lector. No todo el mundo posee esta habilidad. Es un don que sencillamente se tiene o no se tiene.
3.   Debe tener resistencia. Dicho de otro modo, debe ser capaz de seguir con lo que hace sin darse jamás por vencido, hora tras hora, día tras día, semana tras semana y mes tras mes.
4.    Tiene que ser un perfeccionista. Eso quiere decir que nunca debe darse por satisfecho con lo que ha escrito hasta que lo haya reescrito una y otra vez, haciéndolo tan bien como le sea posible.
5.   Debe poseer una gran autodisciplina. Trabaja usted a solas. Nadie le tiene empleado. Nadie le pondrá de patitas en la calle si no acude al trabajo y nadie le reñirá si hace usted el vago. 
6.   Es una gran ayuda tener mucho sentido del humor. Esto no es esencial cuando se escribe para adultos, pero es de vital importancia cuando se escribe para niños.
7.   Debe tener cierto grado de humildad. El escritor que piense que su obra es maravillosa, lo pasará mal."*

Eduard Márquez enfatizó con mucho acierto, que estas cualidades, no solo sirven para el oficio de escritor, sino que son válidas para cualquier profesión, e incluso para cualquier aspecto de la vida.
En ese mismo texto, el cual es una autobiografía, he encontrado un fragmento que me ha enamorado, y que describe como fue el encuentro del autor con un escritor llamado C.S. Forester al cual no conocía, pero según Dahl era un gran genio de la escritura a quien él admiraba muchísimo. El fragmento en cuestión es el siguiente:

"Me sentía emocionado. Era la primera vez que hablaba con un escritor famoso. Le examiné atentamente mientras permaneció sentado en mi despacho. Lo que más asombrado me dejó fue que su aspecto resultara tan corriente. No había nada insólito en su persona. Su rostro, su conversación, sus ojos tras las gafas, incluso su atuendo eran de lo más normales. Y, pese a ello, me hallaba ante un escritor de historias que era famoso en todo el mundo. Sus libros los habían leído millones de personas. Yo esperaba que de su cabeza surgieran chispas o, al menos, que llevase una capa verde y larga y un sombrero deformado de anchas alas.
Pero no. Y fue entonces cuando por primera vez empecé a darme cuenta de que en un escritor que cultive la ficción hay dos vertientes claramente diferenciadas entre sí. En primer lugar, está la cara que muestra al público, la de una persona corriente como cualquier otra, una persona que hace cosas corrientes y habla un lenguaje corriente. En segundo lugar, está la vertiente secreta que aflora a la superficie sólo cuando ha cerrado la puerta de su estudio y se encuentra completamente solo. Es entonces cuando entra en un mundo totalmente distinto, un mundo en el que su imaginación se impone a todo lo demás y él se encuentra viviendo realmente en los lugares sobre los que escribe en aquel momento. Yo mismo, si quieren saberlo, caigo en una especie de trance y todo cuanto me rodea desaparece. Sólo veo la punta de mi lápiz moviéndose sobre el papel y muy a menudo pasan dos horas como si fueran un par de segundos."*

Roald Dahl
Al final de la entrada os dejo el link de la página web en la que he encontrado estos textos por si queréis leer la historia entera, la cual explica, entre otras cosas referentes a la infancia y juventud del autor, como después de estar en la guerra, el susodicho escritor C.S. Forester le buscó para que le contara los momentos más emblemáticos de su paso por la militancia, con el objetivo de escribir un artículo en la revista en la que trabajaba. Los dos hombres quedan para comer juntos, pero un complicado manjar les crea dificultades para comer y hablar a la vez, así que Dahl acaba proponiéndole que él mismo escribir él mismo su propia aventura:

"Me llevó a un restaurante francés, pequeño y caro, que había cerca del Mayflower Hotel de Washington. Encargó un almuerzo suntuoso, luego sacó un cuaderno de notas y un lápiz (los bolígrafos aún no habían sido inventados en 1942) y los colocó sobre el mantel.
—Vamos a ver —dijo—, hábleme de la cosa más excitante, aterradora o peligrosa que le ocurrió cuando pilotaba aviones de caza.
Traté de empezar. Empecé a contarle lo de aquella vez que me habían derribado en el desierto occidental y el aparato se había incendiado.
La camarera nos trajo dos platos de salmón ahumado. Mientras tratábamos de comérnoslo, yo intentaba hablar y Forester intentaba tomar notas.
El plato principal consistía en pato asado con verduras y patatas y una salsa espesa y sabrosa. Era un plato que exigía toda la atención del comensal además de sus dos manos. Empecé a perder el hilo de mi propia narración. Cada dos por tres, Forester dejaba el lápiz para coger el tenedor y viceversa. Las cosas no iban bien. Y aparte de eso, nunca he tenido facilidad para contar historias en voz alta.
—Mire —dije—. Si quiere, trataré de escribir lo que me ocurrió y se lo mandaré. Luego usted podrá reescribirlo como es debido. ¿No le parece que así sería más fácil? Podría hacerlo esta misma noche.
Aquél, aunque no me di cuenta entonces, fue el momento que cambió mi vida.
— ¡Espléndida idea! — dijo Forester—. Entonces ya puedo guardarme esta estúpida libreta y podemos disfrutar del almuerzo. ¿De veras no le importaría hacer eso por mí?
—No me importaría ni pizca —dije—. Pero no debe esperar que lo que escriba esté bien. Me limitaré a poner los hechos por escrito.
—No se preocupe —dijo—. Mientras escriba los hechos, yo podré escribir la historia. Pero por favor —añadió—, ponga muchos detalles. Eso es lo que cuenta en nuestra profesión, los detalles insignificantes, como, por ejemplo, que se le había roto el cordón del zapato izquierdo, o que una mosca se posó en el borde de su copa durante el almuerzo o que el hombre con quien estaba hablando tenía un diente partido. Trate de recordar todo lo que le sea posible.
—Haré lo que pueda —dije.
Me dio una dirección adonde podía mandar la historia y luego nos olvidamos del asunto y terminamos el almuerzo sin darnos prisa. Pero mister Forester no era un gran conversador. Ciertamente no sabía conversar tan bien como escribía y, aunque era amable y educado, de su cabeza no surgió ninguna chispa y lo mismo podría haber estado hablando con un inteligente abogado o corredor de bolsa."*

Como podéis imaginar, la historia que escribió Dahl (titulada Pan comido y que también se encuentra en la publicación Historias extraordinarias, la cual podéis leer en el link que os incluyo más abajo)  fue un todo un éxito y representó el inicio de su carrera como escritor.
Así pues, vemos con estas sabias palabras de Dahl como por la más absurda tontería, el llegó a ser lo grande que es hoy en día. Sin duda alguna eso debería servirnos a todos para dejarnos llevar por las vueltas que da la vida, que pueden llegar a ser muy sorprendentes, pero que seguro nos llegaran a algún punto que se convertirá en nuestra forma de vida.

*Todas las citas de esta entrada son de Roald Dahl, en el cuento Racha de Suerte - Como me hice escritor de su libro Historias extraordinarias.
 CLICKA AQUÍ PARA VER LA HISTORIA COMPLETA.
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