—¡Cómo se atreve a llamarme cobarde!
Callie se paseó de un lado para otro de la
habitación, lívida de furia ante los acontecimientos de la noche. Hacía una
hora que había regresado a casa, pero no había dejado de moverse el tiempo
suficiente para que Anne pudiese ayudarla a desvestirse.
Por esa razón, la doncella se había sentado en
los pies de la cama y observaba cómo su ama se paseaba.
—No me lo imagino —dijo Anne con sequedad—, en
particular si consideramos que intentaste abofetearle en un lugar público.
Callie no notó la ironía de la mujer y,
fijándose solo en las palabras, agitó las manos en el aire llena de
frustración.
—Exactamente —convino—. ¡Esa no es una actitud
cobarde!
—Tampoco es propia de una dama.
—Sí, bueno, pero eso no viene al caso —replicó
Callie—. ¡El caso es que Gabriel St. John, marqués de Ralston, se ha enfrentado
a mí en un lugar público cuando se dirigía a reunirse con su amante y, además,
se las ha arreglado para insultarme! —Golpeó el suelo con el pie—. ¡Se ha
atrevido a llamarme cobarde!
Anne no pudo contener una sonrisa.
—En honor a la verdad, me parece que le has
provocado.
Callie se detuvo en seco y miró a la doncella,
llena de incredulidad.
—Para estar tan preocupada, hace solo unos
días, porque pudiera arruinar mi reputación al acudir a una taberna, parece que
te has puesto de parte de Ralston con mucha rapidez. ¡Se supone que tienes que
defenderme a mí!
—Y lo haré por los siglos de los siglos,
Callie. Pero ibas en busca de aventuras y tienes que admitir que Ralston parece
haberte dado justo lo que querías.
—¡Te aseguro que no estaba buscando que me
insultaran y besaran en público!
Anne arqueó una ceja con incredulidad.
—¿Quieres decir que no lo has disfrutado?
—¡No!
—¿Nada de nada?
—Ni un poquito.
—Mmm-mmm —fue la incrédula respuesta de la
doncella.
—¡No he disfrutado!
—Eso es lo que has dicho. —Anne se puso en pie
y le indicó a Callie que se volviera hacia el tocador para desabrocharle la
larga hilera de botones que cerraba el vestido en la espalda.
Callie permaneció quieta y callada durante un
buen rato.
—Está bien, puede que me gustara un poco
—confesó finalmente.
—Ah, claro, solo un poco.
Callie suspiró y se volvió, a pesar de que
Anne todavía no había terminado de desabrochar el vestido. La doncella volvió a
sentarse en la cama, y Callie, a pasearse de un lado para otro.
—De acuerdo. Más que un poco. Lo he disfrutado
inmensamente, igual que todas las demás veces que me ha besado. —Percibió la
mirada de sorpresa de Anne y se vio obligada a decir—: Sí, me ha besado en más
ocasiones. ¿Por qué no iba a disfrutarlo? Se nota que ese hombre tiene mucha
experiencia besando.
Anne se aclaró la voz.
—Es evidente.
Callie giró la cabeza para mirar a la
doncella.
—¡Te lo aseguro! Anne, seguro que jamás te han
besado así.
—Tendré que creerte.
Callie asintió con la cabeza, seriamente.
—En efecto. Ralston es todo lo que puedas
imaginar que puede ser un hombre… Primero regala palabras tentadoras y miradas
pícaras, luego te rodea con los brazos y… Realmente no puedes comprender cómo
has llegado allí, pero…
Se dejó llevar por los recuerdos, mirando al
techo mientras se sujetaba el vestido contra el pecho. Anne se puso en pie, con
intención de terminar de desabrocharle la prenda, pero antes de que llegara
hasta ella, la mirada de Callie pasó de soñadora a irritada, y comenzó a
pasearse de nuevo.
—Y entonces el muy… el muy… se aparta y te
mira de esa manera relamida y presumida, como el absoluto canalla que es, y
cuando intentas defenderte…
—¿Golpeándole?
—… y cuando intentas defenderte… —repitió
Callie—. ¿Qué hace entonces?
—¿Te llama cobarde? —preguntó Anne,
retóricamente.
—¡Te llama cobarde! ¡Es un hombre
completamente exasperante!
—Eso parece —dijo Anne, acercándose a la
espalda de Callie para continuar desabrochándole los botones.
Esa vez Callie se lo permitió, quedándose
inmóvil mientras le soltaba el vestido y salía de él. Anne comenzó entonces a
ocuparse de los cordones del corsé, y ella suspiró cuando la apretada prenda se
aflojó. Parte de la cólera se evaporó cuando se liberó de los rígidos confines
de las ballenas.
Ya con el camisón puesto, se rodeó con los
brazos y respiró hondo. Anne la guió para que se sentara ante el tocador y
comenzó a peinarle el espeso pelo castaño. La sensación era gloriosa, y
suspiró, cerrando los ojos.
—Por supuesto, he disfrutado del beso
—masculló al cabo de un rato.
—Eso parece —repitió Anne, dándolo por hecho.
—Desearía no hacer siempre el tonto cuando
Ralston está cerca.
—Siempre has hecho el tonto cuando él está
cerca.
—Sí, pero ahora estoy mucho más cerca. Es
diferente.
—¿Por qué?
—Porque antes me limitaba a soñar con él.
Ahora estoy con él. Hablo de verdad con él. Estoy descubriendo al Ralston
auténtico. No es ya una criatura que yo me inventé. Es de carne y hueso y… Y
ahora no puedo evitar preguntarme… —Se quedó callada, renuente a decir lo que
pensaba. «¿Y si fuera mío?»
No tuvo que decir las palabras, Anne las
intuyó. Cuando Callie abrió los ojos y sostuvo la mirada de Anne en el espejo,
vio en ellos la respuesta de la mujer. «Ralston no es para ti, Callie.»
—Lo sé, Anne —susurró Callie, más para
recordárselo a sí misma que para responder a la criada.
Pero, desde luego, no lo sabía. Ya no sabía
nada. Hacía solo unas semanas, se habría reído ante la idea de que Gabriel St.
John conociera incluso su nombre, por no hablar de que estuviera dispuesto a
cruzar unas palabras con ella. Y ahora… Ahora la besaba en carruajes oscuros o
en pasillos todavía más oscuros… Y hacía que se preguntara por qué había sido
tan tonta con él desde el principio.
Estaba segura de que esa noche él se dirigía
al camerino de la cantante, y no cabía duda de que ella no era competencia para
aquella belleza griega. Ralston no podía sentirse atraído por ella.
Se obligó a estudiarse en el espejo,
catalogando sus defectos: pelo castaño, común y poco interesante; ojos
marrones, demasiado grandes; cara redonda, diferente a las de las más bellas de
la sociedad, que tenían forma de corazón; boca demasiado ancha, con los labios
no tan arqueados como debería. Mientras enumeraba cada uno de esos rasgos,
pensó en todas las mujeres con las que se había relacionado a Ralston, en todas
esas Helenas de Troya con rasgos que paralizaban a los hombres.
Él la había dejado y se había ido con su
amante que, con toda seguridad, lo habría recibido con los brazos abiertos.
¿Qué mujer en sus cabales no lo haría?
Y ella había regresado a casa, a su cama fría
y vacía… para soñar con lo imposible.
Se le llenaron los ojos de lágrimas e intentó
secárselas antes de que Anne las viera, pero comenzaron a deslizársele por las
mejillas con tanta rapidez que le resultó imposible disimular la tristeza.
Sorbió por la nariz, llamando la atención de la doncella que, al verlo, dejó de
peinarla y se agachó ante ella.
Callie permitió que la anciana la rodeara con
los brazos y, apoyando la cabeza en su hombro, dejó de contener las lágrimas.
Sollozó contra la áspera lana del vestido de la criada, dejando que aflorara la
tristeza que llevaba años consumiéndola. Lloró por toda una década de
temporadas —cada año más solterona que el anterior—, viendo cómo se casaban
todas sus amigas, cómo se comprometía Mariana… Por toda la tristeza que había
ocultado, negándose a que su sombrío pesar oscureciera la felicidad de los
demás.
Pero ahora Ralston estaba haciendo estragos en
sus sentidos y le recordaba todo lo que había querido y nunca tendría. Ahora ya
no se podía contener.
Siguió llorando durante un buen rato mientras
Anne murmuraba de manera tranquilizadora sin dejar de acariciarle la espalda.
Cuando ya no le quedó energía para seguir haciéndolo, Callie se enderezó, se
apartó de la doncella y le ofreció una acuosa sonrisa de agradecimiento.
—No sé qué me pasa.
—¡Oh, mi niña! —exclamó Anne, en el mismo tono
que usaba cuando Callie era pequeña y se lamentaba de alguna injusticia—. Tu
príncipe azul llegará algún día.
Callie curvó levemente los labios con ironía.
Anne había dicho esas mismas palabras incontables veces en las últimas dos
décadas.
—Perdona, Anne, pero ya no estoy segura de
ello.
—Oh, lo hará —afirmó Anne con seguridad—. Y
cuando menos te lo esperes.
—Creo que ya me he cansado de esperar. —Callie
se rió sin humor—. Probablemente esa sea la razón por la que me he fijado en el
caballero oscuro.
Anne le ahuecó la mejilla con la mano.
—Creo que sería mejor que te dedicaras a
tachar puntos de esa ridícula lista tuya —dijo con una sonrisa—, en vez de
andar en compañía de Ralston. Si fuera tú, me olvidaría de él.
—Es más fácil decirlo que hacerlo —aseguró
Callie. Había algo que la impulsaba hacia ese hombre sin importar lo mucho que
la enfureciera. Al contrario, su arrogancia solo servía para hacerlo más
atractivo. Suspiró—. Quizá tengas razón. Debería olvidarme de Ralston y volver
a centrarme en mi lista. —Cogió el papel del tocador, donde lo había dejado
antes—. Por supuesto, ya he realizado las tareas más simples.
Anne emitió un gruñido de incredulidad.
—Por supuesto, porque ir a una taberna a beber
whisky es una tarea de lo más simple —dijo secamente—. ¿Qué te queda?
—Montar a horcajadas, practicar esgrima,
asistir a un duelo, disparar una pistola y jugar a las cartas en un club de
caballeros —enumeró, omitiendo el resto de los artículos, los que le
avergonzaba compartir incluso con su confidente más cercana.
—Hmm, es todo un reto.
—En efecto —señaló Callie con aire pensativo,
mordisqueándose el labio inferior mientras releía la lista.
—Sin embargo, una cosa es segura —continuó
Anne.
—¿Cuál?
—No importa lo que hagas después, nadie te
llamará cobarde por hacerlas.
Callie buscó la mirada de Anne y, tras un
sorprendente silencio, las dos estallaron en carcajadas.